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II Una vez en su frío dormitorio, se dio cuenta de que la parte superior de su mente le había dejado cometer una tontería, se había metido como un colegial en una situación poco prudente. Se había enrolado en una expedición con dos desconocidos, expedición para la que normalmente habría escogido a sus compañeros con el mayor cuidado. Más aún, iba a ser el guía; habían recurrido a él por seguridad, mientras que los que disponían y planeaban eran ellos. Pero ¿quiénes eran estos hombres con los que iba a correr graves riesgos físicos? Los conocía tan poco como ellos a él. ¿Y de dónde le venía, se preguntó, la extraña idea de que en realidad esta ascensión había sido planeada por alguien que no era ninguno de ellos? Tal fue la idea que le cruzó por la mente: y tras salirle por una puerta, le volvió rápidamente por otra. Sin embargo, no la tuvo en cuenta más que para notar su paso entre la confusión que en ese momento era su pensamiento. En efecto, nada había en el mundo que le importase un comino. Mientras se desvestía para acostarse, se dijo: "Me llamarán a la una... pero ¿por qué voy a ir con esos dos, con tan descabellado plan...? ¿Y quién ha trazado el plan...?" Parecía que se había generado espontáneamente. Había surgido con toda facilidad, naturalidad y rapidez. No ahondó más en la cuestión. Le daba igual. Y, por primera vez, prescindió del pequeño ritual, mitad adoración mitad plegaria, que siempre ofrecía a sus deidades al retirarse a descansar. No los reconoció. ¡Cuán absolutamente rota estaba su vida! ¡Qué vacía y terrible y solitaria! Sintió frío, y se echó los abrigos encima de la cama, como si su aislamiento mental tuviese un efecto físico también. Apagó la luz junto a la puerta; y cruzaba la habitación a oscuras, cuando le llegó un rumor que procedía de debajo de su ventana. Eran voces hablando. El rugido de una cascada las volvía confusas; sin embargo, estaba seguro de que eran voces; y reconoció una de ellas, además. Se detuvo a escuchar. Oyó pronunciar su propio nombre: "John Limasson". Cesaron. Permaneció un momento de pie, temblando sobre el entariamado, y luego se metió bajo las pesadas ropas. Pero en el mismo instante de arrebujarse, empezaron otra vez. Se levantó y corrió a escuchar. El poco viento que soplaba pasó en ese momento valle abajo, arrastrando el rugido de la cascada; y en ese momento de silecio le llegaron fragmentos claros de frases: -¿Y dice que han bajado al mundo... y que están cerca? -era la voz del sacerdote, sin duda alguna. -Llevan días pasando -fue la respuesta: una voz áspera, profunda que podía ser de un campesino, en un tono como de temor-; todos mis rebaños andan desperdigados. -¿Está seguro de los signos? ¿Los conoce? -El tumulto -fue la respuesta, en tono mucho más bajo-. Ha habido tumulto en las montañas... Hubo una interrupción, como si hubiesen bajado la voz para que no les oyesen. A continuación le llegaron dos fragmentos inconexos, el final de una pregunta y el principio de una respuesta. -¿... la oportunidad de toda una vida? -Si va por su propia voluntad, el éxito es seguro. Porque la aceptación es... -y al volver el viento, trajo consigo el fragor de la cascada, de manera que Limasson no oyó nada más... Una emoción indefinible se agitó en su interior al regresar a la cama. Se tapó las orejas para no oír nada más.Sintió un inexplicable desfallecimiento de corazón. ¿De qué diablos estaban hablando esos dos? ¿Qué significaban esas frases inconexas? Tras ellas había un grave, casi solemne siginificado. Ese "tumulto en las montañas" era de algún modo siniestro; de tremenda, pavorosa sugerencia. Se sintió inquieto, desasosegado; era la primera emoción que se agitaba en él desde hacía días. Su débil despertar le disipó el embotamiento. Había conciencia en ella -sentía un vago hormigueo-; aunque era algo mucho más profundo que la conciencia. Las palabras se hundieron en algún lugar oculto, en una región que la vida aún no había sondeado, y vibraron como notas de pedal. Se perdieron retumbando en la noche de las cosas indescifrables. Y, aunque no encontraba explicación, presintió que teínan que ver con la expedición de la mañana: no sabía cómo ni por qué; habían pronunciado su nombre; luego esas frases extrañas... nada más. En cuanto a la expedición en sí, ¿qué era sino algo de carácter impersonal que ni siquiera había planeado él?. Tan sólo su plan adoptado y alterado por otros... ¿cedido a otros? Su situación, su vida personal, no tomaban parte en él. La idea le sobresaltó un momento. ¡Carecía de vida personal...! Luchando con el sueño, su cerebro jugaba al juego interminable del desasimiento sin ganar un solo tanto, mientras que la parte soterrada de su mente observaba y sonreía... porque sabía. Luego, de pronto, le invadió una gran paz. Era debida al agotamiento, quizá. Se durmió; y un momento después, al parecer, tuvo conciencia de un trueno en la puerta y de una voz que gruñó con rudeza: "'s ist bald en Uhr, Herr! Aufstehen!" Levantarse a esa hora, a menos que se tenga muchas ganas, es una empresa sórdida y deprimente; Limasson se vistió sin entusiasmo, consciente de que el pensamiento y el sentimiento estaban exactamente como los había dejado al acostarse. Seguía con la misma confusión y perplejidad; también con la misma emoción solemne y profunda, removida por las voces susurrantes. Sólo un hábito largamente practicado le permitió atender a los detalles, asegurándose de que no olvidaba nada. Se sentía pesado, oprimido, presa de una especie de ansiedad; llevó a cabo la rutina de los preparativos gravemente, sin el menor atisbo del gozo acostumbrado; todo era maquinal. Sin embargo, sentía discurrir, a través de él, la vieja sensación familiar del ritual, debido a la práctica de tantos años; de esa purificación de la mente y el cuerpo para una gran Ascensión: como los ritos iniciáticos que en otro tiempo habían sido para él tan importantes como para el sacerdote que se acercaba a adorar a su deidad en los templos antiguos. Ejecutó la ceremonia con el mismo cuidado que si observase un espectro de su desvanecida fe, haciéndole señas desde el aire como antes... Ordenaba cuidadosamente su mochila, cogió su pico de junto a la cama, apagó la luz y bajó la crujiente escalera de madera en calcetines, no fuese que sus pesadas botas despertasen a los durmientes. Y aún le resonaba en la cabeza la frase con la que se había dormido... como si la acabaran de pronunciar: "Los signos son seguros; han estado pasando durante días... se han acercado al mundo. Los rebaños andan desperdigados, ha habido tumulto... tumulto en las montañas" Había olvidado los demas fragmentos. Pero ¿quiénes eran "ellos"? ¿Y por qué la palabra le helaba la sangre? Y a la vez que resonaban las palabras en su interior, Limasson sentía también el tumulto en sus pensamientos y sentimientos. Había habido tumulto en su vida, y se habían desperdigados todas sus alegrías... alegrías que hasta aquí habían alimentado su vida. Los signos eran seguros. Algo descendió sobre su pequeño mundo, pasó... lo rozó. Sintió un aletazo de terror. Fuera, en la oscuridad fresca de la madrugada incipiente, le esperaban los desconocidos. Pareció más bien, que llegaban a la vez que él, con igual puntualidad. El reloj del campanario de la iglesia dio la una. Intercambiaron saludos en voz baja, comentaron que el tiempo prometía mantenerse bueno, y echaron a andar en fila por los prados empapados, hacia el primer cinturón del bosque. El porteador, un campesino de rostro desconocido y sin relación alguna con el hotel, abría la marcha con un farol. El aire era maravillosamente dulce y fragante. Arriba, en el cielo, las estrellas brillaban a miles. Sólo el rumor del agua que caía de las alturas y el ruido regular de sus botas pesadas quebraban el silencio. Y recortándose contra el cielo, se alzaba la enome pirámide de la Tour du Néant que prentendían conquistar. Quizá la parte más deliciosa de una gran ascención es el principio, en la perfumada oscuridad, mentras se halla lejos aún la emoción de la posible conquista. Las horas se alargan extrañamente; la puesta del sol de la víspera parece haber tenido lugar hace días; el amanecer y la luz parecen cosa de otra semana, parte de un oscuro furturo como las vacaciones de los niños. Es difícil comprender que este frío penetrante previo al amanecer, y el inminente calor llameante, pertencen al mismo hoy. No sonaba ningún rumor mientras subían trabajosamente por el sendero zigzagueante, a través de los primeros mil quienientos pies de bosque de pino; ninguno hablaba; todo lo que se oia era el golpeteo metálico de los clavos y los picos contra las piedras. Porque el fragor del agua, más que oírse, se sentía: golpeaba contra los oídos y la piel de todo el cuerpo a la vez. Las notas más profundas sonaban ahora debajo de ellos, en el valle dormido; y las más estridentes arriba, donde tintineaban con fuerza los ríos recién nacidos de las pesadas capas de nieve... El cambio llegó delicadamente. Las estrellas se volvieron un poquitín menos brillantes, adquirieron una suaviad como de los ojos humanos en el instante de decir adiós. El cielo se hizo visible entre las ramas más altas. Un aire suspirante alisó todas sus crestas en la misma dirección; el musgo, la tierra y los espacios abiertos difundieron perfumes intensos; y la minúscula procesión humana, dejando atrás el bosque, salió a la inmensidad del mundo que se extendía por encima de la líenea de árboles. Se detuvieron, mientras el porteador se inclinaba a apagar el farol. Había color en el cielo de oriente. Se juntaron más los picos y los barrancos. ¿Era el Amanecer? Limasson apartó los ojos de la altura del cielo donde las cumbres abrían paso al día inminente, y miró los rostros de sus compañeros, pálidos, macilentos en esta media luz. ¡Qué pequeños, qué insignificantes parecían, en medio de este hambriento vacío de desolación! Los formidables crestones huían hacia atrás, guíados por tercos picos coronados de nieves perpetuas. Delgadas líneas de nubes, extendidas a medio camino entre lomo y precipicio, parecían el trazo del movimiento; como si viese la tierra girando mientras cruza el espacio. Los cuatro, tímidos jinetes sobre gigantesca montura, se aferraban con toda el alma a sus titánicas costillas, mientras subían hacia ellos, de todos lados, las corrientes de alguna vida majestuosa. Limasson llenaba los pulmones de bocanadas de aire enrarecido. Era muy frío. Eludiendo los pálidos, insignificantes rostros de sus compañeros, fingió interés por lo que decía el porteador: miraba fijamente al suelo. Pareció que transcurrían veinte minutos, hasta que apagó la llama, y ató el farol a la parte de atrás del bulto. Este amanecer era distinto a cuantos había visto. Porque en realidad, Limasson iba todo el tiempo tratando de ordenar las extraordinarias ideas y sentimientos que le habían dominado durante la lenta ascención por el bosque, y la empresa no parecía tener mucho éxito. Su impresión era que el Plan, trazado por otros, se había hcho cargo de él; y que había dejado sueltas las riendas de su voluntad y sus intereses personales sobre su marcha firme. Se había abandonado despreocupadamente a lo que viniese. Sabedor de que era el guía de la expedición, dejaba sin embargo que fuese delante el porteador, pasando él a ocupar su puesto, detrás del más joven y delante del sacerdote. En este orden habían marchado, como sólo marchan los escaladores expertos, durante horas, sin descansar, hasta que, en mitad del ascenso, se había operado un cambio. Lo había deseado él, e instantáneamente se había producido. Pasó delante el sacerdote, en tanto su compañero, que andaba tropezando constantemente -el más viejo caminaba firme, seguro de sí mismo-, se situó a la zaga. Y desde ese momento, Limasson fue más tranquilo; como si el orden de los tres tuviese alguna importancia. Se hizo menos ardua la empinada ascención, de asfixiante oscuridad, a través del bosque. Limasson se alegró de llevar detrás al más joven. Porque se había reforzado su impresión, mientras avanzaban en silencio, de que esta ascención formaba parte de alguna importante Ceremonia; idea que, de manera casi solapada, se le había ido haciendo insistente. Sus propios movimientos y los de sus compañeros, especialmente la posición que ocupaba cada uno respecto del otro, establecían una especie de intimidad que asemejaba a la conversación, surgiendo incluso la pregunta y la respuesta. Y su desarrollo entero, aunque representó horas en su reloj, le pareció más de una vez que había sido en realidad más breve que el paso fugaz de un pensamiento, de manera que lo vio dentro de sí... gráficamente. Pensó en un cuadro multicolor pintado sobre una banda elástica. Alguien estiraba la banda, y el cuadro se dilataba. O la aflojaba, y el cuadro se encogía rápidamente, reproduciéndose a una mota estacionaria. Todo sucedió en una simple mota de tiempo. Y el pequeño cambio de posición, aparentemente trivial, dio lugar a que esta impresión singular actuase, y concibiese en el estrato inferior de su mente que esta ascensión era un ritual y una ceremonia como en tiempos antiguos, cuyo significado, sin embargo, se acercaba a la revelación... por primera vez. Sin lenguaje, esto fue lo que comprendió; ninguna palabra habría podido transmitirlo. Comprendió que los tres formaban una unidad, aunque reconocían en cierto modo que él era el principal, el guía. El jadeante porteador no tenía sitio allí, porque esta primera etapa en medio de la oscuridad era sólo un preámbulo; y cuando comenzara la verdadera ascensión, desaparecería, y el propio Limasson pasaría a ser el primero. Esta idea de que todos participaban en una Ceremonia se hizo firme en él, con el asombro adicional de que, aunque se le había ocurrido muchas veces, ahora lo hizo con plena comprensión, conciencia y veracidad. Vacío de todo deseo personal, indiferente a una ascensión que en otro tiempo habría hecho vibrar su corazón de ambición y deleite, comprendió que subir había sido siempre un rito para su alma y de su alma, y que de su puntual cumplimiento le vendría poder. Era una scención simbólica. No dilucidaba todo eso con palabras. Lo intuía; sin criticarlo en ningún momento. O sea sin rechazarlo ni aceptarlo. Le llegaba suave, solemne, solapadamete. Penetraba flotando en él mientras subía, aunque de manera tan convincente que comprendía que había debido de cambiar su posición relativa. El más joven iba en un puesto demasiado destacado, o al menos el que no le correspondía... antes de tiempo. Luego, tras el cambio misteriosamente efectuado -como si todos reconociesen su necesidad-, aumentó esta corriente de certidumbre, y se le ocurrió la grande, la extraña idea de que toda la vida es una Ceremonia a escala gigantesca, y que ejecutando los gestos con puntualidad, con exactitud, podría alcanzarse... el conocimiento. A partir de ese instante, adoptó una gran seriedad. Esto discurría con toda certeza en su mente. Aunque su pensamiento no adoptaba la forma de pequeñas frases, su cerebro, sin embargo, proporcionaba mensajes detallados que confirmaban esta asombrosa lucubración con el símil e incidente que la vida diaria podía aprehender: que el conocimiento emana de la acción; que hacer una cosa incita a enseñarla y a explicarla. La acción, además, es simbólica; un grupo de hombres, una familia, una nación entera empeñando en esos movimientos diarios que son la realización de su destino, ejecuta una Ceremonia que está en relación directa con la pausa de los acontecimientos más grandes que son doctrina de los Dioses. Que el cuerpo imite, reproduzca -en un dormitorio, en el bosque, donde sea- el movimiento de los astros, y el significado de estos astros penetrará en el corazón. Los movimientos constituyen una escritua, un lenguaje. Imitar los gestos de un desconocido es comprender su estado de ánimo, su punto de vista... establecer una grave y solemne intimidad. Los templos están en todas partes, porque la tierra entera es un templo; y el cuerpo, Casa de Realeza, es el más grande de todos. Comprobar la pauta que trazan sus movimientos en la vida diaria podía equivalera determminar la relación de esa ceremonia particular con el Cosmos, y así adquirir poder. El sistema entero de Pitágoras, comprendió, podía ser enseñando mediante movimientos, sin una sola palabra; y en la vida diaria, incluso el acto más corriente y el movimiento más vulgar forman parte de alguna gran Ceremonia: un mensaje de los dioses. La Ceremonia, en una palabra, es lenguaje tridimensional, y consiguientemente, la acción es el lenguaje de los dioses. Los Dioses que él había negado le estaban hablando... pasaban en tumulto por su vida asolada... ¡Y era su paso lo que efectivamente causaba esa desolación! De esta forma críptica, condensada, le llegó la gran verdad: que él y esos dos, aquí y ahora. participaban en una gran Ceremonia cuyo objetivo último ignoraba todavía. Fue tremendo el impacto con que cayó sobre él esta verdad. Se dio cuenta plenamente al salir de la negrura del bosque y entrar en la extensión de luz temprana y temblorosa; hasta este momento, su mente se había estado preparando tan sólo; en cambio ahora sabía. El innato deseo de rendir culto que había tenido toda su vida, la fuerza que su temperamento religioso había adquirido durante cuarenta años, el anhelo de tener una prueba, en una palabra, de que los Dioses que en otro tiempo había reconocido existían efectivamente, le volvió con esa violenta reacción que el rechazo había generado. Se tambaleó, de pie, donde se hallaba detenido... Luego, al mirar a su alrededor, mientras los otros redistribuían los bultos que el porteador dejaba ahora para regresar, reparó en la asombrosa belleza del momento y el lugar, sintiendo que penetraba en él como por los mismos poros de su piel. Desde todas partes, esta belleza se precipitaba sobre él. Una sensación maravillosa, radiante, alada, cruzó por encima de él, en el aire silencioso. Un estremecimiento de éxtasis sacudió todos sus nervios. Se le erizó el cabello. No le era en absoluto desconocido este espectáculo del mundo de las montañas despertando del sueño de la noche estival; pero jamás se había encontrado así, temblando ante su exquisito y frío esplendor, no había comprendido su significado como ahora, tan misteriosamente detro de él. Un poder trascendente dotado de sublimidad cruzó esta meseta alta y desolada, muchísimo más majestuoso que la mera salida del sol entre los montes que tantas veces había presenciado. Había Movimiento. Comprendió por qué había visto inisgnificantes a sus compañeros. Otra vez se estremeció, y miró a su alrededor, afectado por una solemnidad que contenía un profundo pavor. Había naufragado, se había hundido la vida personal; pero algo más grande seguía en marcha. Se había fortalecido su frágl alianza con un mundo espiritual. Comprendió su pasada insolencia. Sintió miedo.
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