Una Víctima del Espacio Superior-Un hombre estraordinario lo espera, señor- dijo el hombre nuevo. -¿Por qué extraordinario?- preguntó el doctor Silence, deslizando la punta de sus dedos a través de su barba castaña. Sus ojos centellaron con placer.-¿Por qué extraordinario, Baker?- repitió alentadoramente, dándose cuenta de la expresión perpleja en los ojos del hombre. -Es tan...tan flaco señor. Casi no podía verlo...al principio. Estuvo dentro de la casa antes que pudiera preguntarle su nombre-acordándose de las ordenes estrictas.-Vino solo, señor, en un cabriolé cerrado. Me apartó antes de que yo pudiera decir algo....sin hacer ningún ruido, no que yo pudiera oír. Parecía moverse muy suavemente... -No podría decirlo exactamente, señor. Lo dejé esperando en el vestíbulo... -¿Y por qué en el vestíbulo? ¿Por qué no en la salita de espera?- fijó sus ojos penetrantes pero amables sobre el rostro del hombre. -¿Te asustó?- preguntó rápidamente. -Creo que lo hizo, señor, si puedo decirlo de esa manera. Me parecía perderlo de vista, como si....- balbuceó, evidentemente convencido de que hasta el momento se había ganado su despido. –Entró de forma tan extraña, tal como el viento helado –agregó llanamente, llevando la atención a sus tacones y mirando a su amo directo a la cara. El doctor tomó nota internamente de la descripción vacilante del hombre; estaba satisfecho de que la sutil evidencia de intuición que lo había inducido a contratar a Baker no había fallado del todo al primer intento. El doctor Silence buscaba esta cualidad en todos sus asistentes, desde el secretario hasta el hombre del servicio, y aunque esto lo rodeaba de un personal algo particular, los inconvenientes estaban más que compensados en su totalidad por sus destellos ocasionales de perspicacia. -Así que el caballero te hizo sentir extraño, ¿no es cierto? -Creo que así fue, señor –repitió el hombre impasiblemente. - ¿Y no trae ninguna clase de presentación para mí...ninguna carta o algo así?—preguntó el doctor con fingida sorpresa, como si supiera lo que vendría. -Pido sus disculpas, señor –dijo, tremendamente perturbado –el caballero me entregó esto para usted. Era la nota de un perspicaz amigo, quien hasta el momento jamás le había mandado un caso que no fuera vitalmente interesante desde un punto de vista u otro. “Por favor reciba al portador de esta nota” -decía el breve mensaje-, “aunque dudo que incluso usted pueda hacer algo para ayudarlo” John Silence se detuvo por un momento, como para atrapar de la mente del escritor todo lo que se encontraba detrás de las breves palabras de la carta. Luego observó a su sirviente con una expresión más seria de la que hasta el momento había mostrado. Había dos salas de recepción distintas en la casa del doctor Silence. Una, pensada para las personas que creían necesitar ayuda espiritual cuando realmente eran sólo candidatos para el manicomio; tenía paredes acolchadas, y estaba bien aprovisionada con varios artilugios escondidos para enfrentar y superar cualquier violencia súbita. Sin embargo, raramente era utilizada. La otra, pensada para la recepción de genuinos casos de congoja espiritual y aflicciones extraordinarias de naturaleza psíquica, estaba enteramente tapizada y amueblada en un tranquilizante y profundo verde, calculado para inducir serenidad y descanso en la mente. Y ésta era la habitación donde el doctor Silence entrevistaba a la mayoría de sus casos “raros”, y a la cual había ordenado a Baker traer a su actual visitante. Para comenzar, la silla en la cual el paciente se sentaba, estaba clavada al suelo, pues su inmovilidad tendía a impartir esta misma excelente característica al ocupante. Invariablemente, los pacientes se iban excitando al hablar de sí mismos, y su entusiasmo tendía a confundir sus pensamientos y exagerar su lenguaje. La inmovilidad de la silla ayudaba a contrarrestar esto. Luego de repetidos esfuerzos por arrastrarla hacia adelante, o de empujarla hacia atrás, terminaban por resignarse a quedarse sentados quietos. Y a la futilidad de la impaciencia seguía un estado mental más tranquilo. Sobre el suelo, y a intervalos en la pared inmediatamente detrás, habían ciertos botoncitos verdes, prácticamente invisibles, los cuales al ser presionados permitían la emanación invisible de un narcótico tranquilizante y persuasivo que rodeaba al ocupante de la silla. El efecto sobre el excitado paciente era rápido, admirable e inocuo. Más aún, el estudio estaba provisto de un secreto ojo-espía; pues a John Silence le gustaba, cuando era posible, observar el rostro de su paciente antes de asumir la máscara que los rasgos de la expresión humana llevan invariablemente en presencia de otra persona. Un hombre sentado solo tiene una expresión psíquica; y esta expresión es el hombre en sí mismo. Desaparece en el momento en que otra persona se le une. Y el doctor Silence a menudo aprendía más de unos pocos momentos de secreta observación de un rostro que en largas horas de conversación con su dueño, posteriormente. Un paso muy liviano, casi danzarín, siguió las pesadas zancadas de Baker hacia la habitación verde, y un momento después llegó el hombre anunciando que el caballero estaba esperando. Aún estaba pálido y sus gestos nerviosos. -No te preocupes, Baker –dijo el doctor amablemente-; si no fueras intuitivo el hombre no te hubiera causado ningún efecto. Sólo necesitas entrenamiento y desarrollo. Y cuando hayas aprendido a interpretar mejor estos sentimientos y sensaciones, no sentirás miedo, sino sólo una gran compasión. -Sí, señor; ¡Gracias Señor!. Y Barker hizo una reverencia e hizo su escape, mientras el doctor Silence, una divertida sonrisa acechando en las comisuras de su boca, se dirigió silenciosamente a lo largo del pasaje, hacia abajo, y puso su ojo en el agujero espía en la puerta del estudio verde. Este agujero espía estaba emplazado de tal manera que comandaba una visión de casi la habitación entera, y, mirando a través de él, el doctor vio un sombrero, guantes y un paraguas sobre una silla junto a la mesa, pero buscó en principio en vano a su dueño. Ambas ventanas estaban cerradas y un fuego vigoroso ardía en el hogar. Había varios signos –signos inteligibles, por lo menos para un alma profundamente intuitiva –que la habitación estaba ocupada, sin embargo, hasta a donde a seres humanos se refiere, parecía innegablemente vacía. Nadie estaba sentado en las sillas; nadie estaba parado en la esterilla frente al fuego; no había ni siquiera un signo de que un paciente estuviera en algún lugar cerca de la pared, examinado la reproducción de Böcklin –como suelen hacer los pacientes tan frecuentemente cuando pensaban que estaban solos –y por lo mismo, difíciles de avistar desde el agujero. Llanamente hablando, no había nadie en la habitación. Estaba desocupada. Sin embargo, el doctor Silence estaba completamente conciente de que un ser humano se encontraba en la habitación. Su sistema sensorial nunca fallaba en darle a conocer la proximidad de un ser real o irreal. Incluso en la oscuridad podía definirlo. Y ahora supo fehacientemente que su paciente, el paciente que había alarmado a Barker, y había viajado por el corredor con ese paso danzarín, estaba en alguna parte escondido entre las cuatro paredes que eran dominadas desde su ojo espía. También se dio cuenta –y esto era de lo más inusual- que este individuo al que quería observar sabía que estaba siendo vigilado. Y, más aún, que el mismo extraño, a su vez, también estaba observando. De hecho, era él, el doctor, el que estaba siento observado –y por un observador tan agudo y entrenado como él mismo. Un indicio del verdadero estado del caso comenzó a caer sobre él, y estaba a punto de entrar –de hecho su mano ya tocaba la manilla de la puerta –cuando su ojo, aún adherido al agujero, detectó un movimiento. En una posición directamente opuesta, entre él y la chimenea, algo se agitó. Observó muy atentamente y se aseguró de no estar equivocado. Un objeto sobre la mesa –era un vaso azul –desapareció de la vista. Pasó fuera de la visión junto con la porción de mármol de la mesa, sobre la que reposaba. Luego, aquella parte del fuego, hogar y guardafuego de bronce inmediatamente debajo, se desvaneció completamente, como si una tajada hubiera sido limpiamente sacada de ellos. En ese momento, el doctor Silence comprendió que algo entre él y aquellos objetos lentamente comenzaba a existir, algo que los escondía y obstruía a su visión al insertarse a sí mismo en la línea de visión entre ellos y él mismo. Tranquilamente esperó por resultados posteriores antes de entrar. Luego, como alguien saliendo de una profunda oscuridad hacia la luz, vio la figura de un hombre deslizarse a la vista, una cara blancuzca siguiendo al ojo, y la línea perpendicular que al principio había visto ensancharse y desarrollarse hasta la completa figura de un ser humano. Era el paciente. Aparentemente había estado ahí, parado frente al fuego todo el tiempo. Un segundo ojo siguió al primero, y ambos miraban fijamente al ojo espía, gravemente concentrados, sin embargo, con un leve destello de humor y diversión que le hicieron imposible al doctor mantener su posición por más tiempo. Abrió la puerta y entró rápidamente. Al hacerlo notó por primera vez el sonido de una banda alemana que entraba ruidosamente a través de los ventiladores abiertos. De alguna forma intuitiva, inexplicable, la música se conectaba con el paciente al que estaba a punto de entrevistar. Esta suerte de presagio no le era desconocida. Siempre se explicaba a sí mismo más tarde. Vio que el hombre era de mediana edad y de apariencia ordinaria; de hecho, tan ordinaria, que era difícil de describir –su única particularidad era su extrema delgadez. Unas agradables vibraciones –eso es, buenas—emanaban de su atmósfera y encontraron al doctor Silence mientras avanzaba a saludarlo, sin embargo, eran vibraciones vivientes llenas de corrientes y descargas que traicionaban la perturbada y desordenada condición de su mente y su cerebro. Evidentemente había algo absolutamente fuera de lo usual en el estado de sus pensamientos. Pero, aunque extraño, no era del todo perturbador; no era la impresión que la quebrada y violenta atmósfera del loco produce sobre la mente. El doctor Silence se dio cuenta en un destello que allí había un caso de absorbente interés que podría requerir de todo sus poderes para ser abordado apropiadamente. -Lo estaba observando a través de mi pequeño ojo mágico, como notó –comenzó, con una agradable sonrisa, avanzando para darle la mano-. A veces lo encuentro de gran ayuda.... Pero el paciente lo interrumpió inmediatamente. Su voz era apurada y tenía extraños y estridentes cambios, quebrándose de agudo a grave de forma inesperada. En un momento tronaba, en el otro casi chirriaba. -Comprendo sin que me explique –interrumpió rápidamente-. De esa forma obtiene la verdadera nota de un hombre, cuando no se siente observado. Lo apoyo completamente. Sólo que en mi caso, me temo que vio muy poco. Mi caso, como por supuesto usted comprende, doctor Silence, es extremadamente peculiar, incómodamente peculiar. De hecho, Sir Williams me aseguró que.... -Mi amigo lo ha mandado a verme –el doctor interrumpió seriamente, con una suave nota de autoridad -, y eso es suficiente. Por favor siéntese, señor ...... -Mudge...Racine Mudge –replicó el otro. -Tome esta cómoda silla, señor Mudge –dirigiéndole hacia la silla arreglada -, y cuénteme acerca de su condición en sus propias palabras y a su propio paso. Mi día entero está a su disposición si así lo requiere. El señor Mudge se dirigió hacia la silla en cuestión y luego dudó. -Casi estoy feliz de que la silla esté clavada al suelo –recalcó, mientras se establecía más cómodamente-. Me favorece admirablemente. El hecho es—y esto es mi caso en una cáscara de nuez—lo cual es todo lo que un doctor de su maravilloso desarrollo requiere—el hecho es, doctor Silence, que soy una víctima del Espacio Superior. Eso es lo que sucede conmigo—¡Espacio Superior! Ambos se miraron el uno al otro por un momento, en silencio, el pequeño paciente sujetándose fuertemente a los brazos de la silla que le “favorecían admirablemente”, y mirando hacia arriba con ojos fijos, su atmósfera temblando por las ondas de alguna actividad desconocida; mientras que el doctor sonreía amable y compasivamente, y ponía su mente lo más lejos posible, dentro de la condición mental del otro. -Espacio Superior—repetía el señor Mudge—eso es lo que es. Ahora, ¿piensa usted que puede ayudarme con eso? Hubo una pausa durante la cual los ojos de los hombres buscaron fijamente bajo la superficie de sus respectivas personalidades. Entonces el doctor Silence habló. -Estoy completamente seguro de que puedo ayudar—respondió serenamente—la compasión siempre debe ayudar, y el sufrimiento siempre llama a mi compasión. Veo que usted ha sufrido cruelmente. Debe contarme todo sobre su caso, y cuando escuche los pasos graduales por los cuales usted ha llegado a este extraño estado, no tengo duda que puedo ser de ayuda para usted. Acercó la silla junto a su interlocutor y posó su mano sobre su hombro por un momento. Todo su ser irradiaba bondad, inteligencia, deseo de ayudar. -Por ejemplo—prosiguió—estoy seguro de que fue el resultado de algo más que la coincidencia que usted se familiarizara con los terrores de lo que usted llama Espacio Superior; pues espacio superior no es sólo una medida externa. Es, por cierto, un estado espiritual, una condición espiritual, un desarrollo interno, y uno que debemos reconocer como anormal, pues se encuentra más allá del alcance de nuestros sentidos en la presente etapa de evolución. El Espacio Superior es un estado místico. -¡Oh!—exclamó el otro, frotándose sus manos de pájaro con satisfacción—, ¡qué alivio para mí hablar con alguien que pueda comprender! Por supuesto, lo que dice usted es la absoluta verdad. Y tiene razón de que no fue la pura casualidad la que me condujo a mi actual condición, sin embargo fue un estudio prolongado y deliberado. Pero es la suerte, en un sentido, la que la gobierna. Me refiero a que, mi entrada a la condición de espacio superior parece depender sobre la suerte de ésta y aquélla circunstancia.—Suspiró y se detuvo por un momento-. De hecho—continuó—el mero sonido de esa banda alemana me disparó. No es que toda la música lo haga, sino que ciertos sonidos, ciertas vibraciones me elevan de tono hasta alcanzar el nivel requerido, me disparan. La música de Wagner siempre lo hace, y aquella banda debe haber estado tocando una fuga de Wagner. Pero ya llegaré a todo eso más adelante. Pero primero—sonrió modestamente—debo pedirle que retire a su hombre del ojo espía.
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