7
Todo allí era horrible
Nadie simpatizó con Mary Jane. "Qué
infortunio para el señor Millings", decían todos; "un
joven tan prometedor".
Mary Jane fue enviada a una gran ciudad manufacturera
de las Midlands, donde se le había hallado trabajo en una fábrica
textil. Y en ese pueblo no había nada bueno que un alma pudiera
ver. Porque la ciudad no sabía que la belleza era ser deseada;
así que hizo muchas cosas maquinalmente y se volvió apresurada
en todas sus maneras, y se vanangloriaba de su superioridad por sobre
las otras ciudades y se hizo rica y más rica, y no había
nadie para compadecerla.
En esta ciudad habían hallado alojamiento
para Mary Jane, cerca de la industria.
A las seis de aquellas mañanas de noviembre,
a la hora que, lejos de la ciudad, el pájaro silvestre se levanta
de la tranquilidad del pantano y pasa a los turbulentos espacios del mar,
a las seis la fábrica prorrumpía en un largo aullido y reunía
a los trabajadores, y allí trabajaban, guardando dos horas para
comer, durante el día completo y hasta la oscuridad, hasta que
la campana diera las seis nuevamente.
Allí trabajaba Mary Jane con otras muchachas,
en un cuarto largo y deprimente, donde unos gigantes demenuzaban la lana
en largas tiras de hilo con sus chirriantes manos de acero. Y a lo largo
de todo el día se sentaban a hacer su trabajo desalmado. Sin embargo,
el trabajo de Mary Jane no estaba con ellos, sólo su rugido estaba
siempre en sus oídos mientras sus ruidosos miembros de metal se
movían adelante y atrás.
Su labor era atender una criatura menor, pero infinitamente
más astuta.
Ésta tomaba la tira de lana que los gigantes
habían hilado, y la enrollaba y enrollaba hasta que la había
torcido, convirtiéndola en una hebra resistente y delgada. Entonces
tomaría en su garra de dedos de acero la hebra que había
unido, y la llevaría, contonéandose, aproximadamente 5 yardas
más allá y regresaría con más.
Esas criatura ya había dominado toda la sutileza
de los habilosos trabajadores, y gradualmente los había desplazado;
había sólo una cosa que no podía hacer, no era capaz
de tomar las puntas de una hebra cortada, para amarrarla nuevamente. Para
esto se necesitaba un alma humana, y esa era la tarea de Mary Jane: tomar
las puntas cortadas; y al momento que ella las unía, la ocupada
criatura sin alma las ataba por sí misma.
Todo allí era horrible; incluso la lana verde
que se enroscaba, que no era ni el verde de la hierba ni el verde de los
juncos, sino que un triste y lodoso verde que era propio de una ciudad
lóbrega, bajo un cielo sombrío.
Cuando miraba hacia los tejados del pueblo, también
allí había fealdad; y las casas lo sabían bien, porque,
con un espantoso estuco, imitaban en una grotesca mímica a los
pilares y los templos de la antigua Grecia, pretendiendo ser aquello que
no eran. Y saliendo y entrando de aquellas casas, y viendo la pretensión
de la pintura y el estuco, año tras año hasta que se descascaraba,
las almas de los pobres dueños de aquellas casas buscaban ser otras
almas, hasta que se aburrían de ellas.
8
Una Canción Salvaje
Al atardecer Mary Jane regresaba a su alojamiento.
Sólo entonces, cuando la oscuridad había caído, podía
el alma de Mary Jane percibir alguna belleza en aquella ciudad, cuando
las lámparas se encendían y aquí y allá brillaba
alguna estrella a través del esmog. En ese momento ella hubieria
salido al campo a observar la noche, sin embargo, la vieja mujer a la
que había sido confiada no la hubiera dejado hacerlo. Y los días
se multiplicaron por siete y se convirtieron en semanas, y las semanas
pasaron, y todos los días eran lo mismo. Y durante todo el timpo
el alma de Mary Jane clamaba por cosas hermosas, y no encontraba ninguna,
salvo los domingos, cuando iba a la iglesia, y al dejarla, encontraba
la ciudad más gris que antes.
Un día decidió que era mejor se una
Criatura Salvaje de las solitarias marismas que tener un alma que clamaba
por cosas hermosas y no encontraba ninguna. Desde ese día tomó
la determinación de deshacerse de su alma, y le contó su
historia a una de las muchachas de la fábrica, diciéndole:
- Las otras muchachas visten pobremente y realizan
un trabajo desalmado; seguramente alguna de ellas no tiene alma y podría
tomar la mía.
Pero la muchacha de la fábrica le dijo: "Todos
los pobres tienen alma. Es todo lo que tienen".
Entonces Mary Jane observaba a los ricos cada vez
que los veía, y en vano buscó alguno que no tuviera alma.
Un día, a la hora en que las máquinas
descansaban y los seres humanos que las atendían descansaban también,
cuando el viento venía de la dirección de los pantanos,
el alma de Mary Jane se lamentó amargamente. Y mientras se encontraba
fuera de las puertas de la fábrica, su alma la urgió irresistiblemente
a cantar, y una canción salvaje salió de sus labios alabando
la ciénaga. Y a su canción se agregó clamando, su
añoranza del hogar y del sonido del Viento del Norte, tiránico
y orgulloso, con su adorada dama la nieve; y cantó acerca de los
cuentos que los juncos murmuraban unos a otros, cuentos que el trullo
y la vigilante garza conocían. Y sobre las calles repletas su canción
se alejó llorando, la canción de los lugares desolados y
de las tierras salvajes y libres, llenas de maravillas y magia, porque
en su alma de factura élfica ella tenía el cantar de las
aves y el rugido del órgano en la marisma.
Justo en ese momento, el Signor Thompsoni, el conocido
tenor inglés pasaba por ahí con un amigo. Ambos se detuvieron
y escucharon; todos se detuvieron y escucharon.
- En toda Europa no ha habido nada como esto en mi
vida -dijo el Signor Thompsoni.
Y así llegó el cambio a la vida de
Mary Jane.
9
Toma mi alma
La gente se había anotado para esto, y finalmente
se arregló que ella tomara la parte principal en la Opera del Convent
Garden, en pocas semanas.
Así que fue a Londres para aprender.
Tanto Londres como las lecciones de canto eran mejores
que la Ciudad de las Midlands y aquellas terribles máquinas. Sin
embargo, Mary Jane aún no era libre para ir y vivir como ella deseaba,
junto a los pantanos, y aún estaba determinada a deshacerse de
su alma, pero no podía encontrar a nadie que no tuviera la propia.
Un día le dijeron que los Ingleses no la escucharían
siendo la Señorita Rush, y le preguntaron por cuál otro
nombre más apropiado le gustaría ser llamada.
- Me gustaría llamarme Terrible Viento del
Norte -dijo Mary Jane- o Canción de los Juncos.
Cuando le dijeron que eso era imposible y le sugirieron
Signorina Maria Russiano, ella accedió al momento, tal como había
accedido cuando se la llevaron de la parroquia; no sabía nada sobre
las formas de los humanos.
Finalmente el día de la Opera llegó,
un frío día de invierno.
Y la Sognorina Russiano se presentó al escenario
frente a un teatro lleno.
Y la Signorina Russiano cantó.
Y en la canción iban todas las añoranzas
de su alma, el alma que no podía ir al Paraíso, sino que
sólo podía adorar a Dios y conocer el significado de la
música, y la añorazan invadió aquella canción
italiana como el misterio infinito de las colinas, que se eleva junto
al sonido de los cencerros de las ovejas. Entonces, en las almas que estaban
en aquel teatro repleto, se elevaron pequeñas memorias de hace
un buen tiempo que desde entonces estaban completamente muertas, y que
vivieron nuevamente mientras duraba aquella maravillosa canción.
Y un extraño frío recorrío la
sangre de todos los que escuchaban, como si estuvieran en el borde de
las desoladas marismas y el Viento del Norte soplara.
Y a algunos los movió al dolor y a otros al
arrepentimiento, y a otros a una inmensa alegría, y entonces la
canción repentinamente se alejó gimiendo, como los vientos
del invierno en el pantano, cuando la Primavera aparece desde el Sur.
De esa forma concluyó. Y un gran silenció
cayó como la bruma sobre toda aquel teatro, que se quebrara al
final en una conversación parlanchina que Celia, la Condesa de
Birmingham, disfrutaba con una amiga.
En un silencio mortal la Signorina Russiano se precipitó
del escenario; apareció nuevamente corriendo entre la audiencia,
y se abalanzó sobre Lady Birmingham.
- Tome mi alma -le dijo- es una alma hermosa. Puede
adorar a Dios, y conocer el significado de la música y puede imaginar
el Paraíso. Y si va con ella a los pantanos podrá ver cosas
hermosas; allí hay un atiguo pueblo cosntruído de adorables
maderos, con espíritus en sus calles.
Lady Birmingham la miraba. Todo el mundo estaba de
pie.
- Mire -dijo la Signorina Russiano- es un alma hermosa.
Y escarbó en su pecho, a la izquiera un poquito
más arriba del corazón, y allí estaba el alma, brillando
en sus manos, las luces verdes y azules moviéndose y el resplandor
púrpura en el medio.
- Tómela -dijo- y podrá amar todo lo
que el bello, y conocer los cuatro vientos, cada uno por su nombre, y
las canciones de las aves al amanecer. Yo no la quiero, porque no soy
libre. Póngala en su pecho, al lado izquierdo, un poquito por encima
de su corazón.
Todavía todos se encontraban de pie, y Lady
Birmingham se sentía incómoda.
- Por favor, ofrézcasela a alguien más
-dijo.
- Pero todos ellos ya tienen almas -dijo la Signorina
Russiano.
Y todos siguieron de pie. Y Lady Birmingham tomó
el alma en su mano.
- Quizá me traiga suerte -dijo.
Sintió que quería rezar.
Con los ojos casi entrecerrados dijo, "Unberufen".
Y puso el alma sobre su pecho, a la izquierda, un poquito por encima de
su corazón, esperando que la gente se sentara y la cantante se
fuera.
Instantáneamente una pila de vestidos se desplomó
delante de ella. Por un momento, en la sombra entre los asientos, aquellos
que habían nacido en la hora del crepúsculo pudieron haber
visto una pequeña cosa marrón, brincando libre de las vestiduras,
y luego saltar a la luz brillante del recibidor, y hacerse invisible a
cualquier ojo humano.
Avanzó por un instante, luego halló
la puerta, e inmediatamente se econtró en las calles iluminadas.
10
Danza sobre las estrellas
Aquellos que nacieron en la hora del crepúsculo
quizá la vieron brincando rápidamente dondequiera que las
calles corrían hacia el norte y hacia el este, desapareciendo a
la vista humana al pasar bajo las lámparas y reapareciendo más
allá de ellas, con una luz del pantano sobre su cabeza.
Hubo un perro que la percibió y la persiguió,
y fue dejado atrás.
Los gatos de Londres, que han nacido todos a la hora
del crepúsculo, maullaban temerosamente cuando pasaba.
Inmediatamente llegó a las calles más
humildes, donde las casas son más pequeñas. Entonces se
dirigió derecho hacia el nor-este, saltando de techo en techo.
Y así, en pocos minutos, llegó a espacios más abiertos,
y luego a las tierras desoladas, donde crecen los jardines del mercado,
que no son ni pueblo ni campo. Hasta que finalmente, los buenos y negros
árboles aparecieron, con sus formas demoníacas en la noche,
y la hierba estaba fría y húmeda, y la bruma nocturna flotaba
sobre ella. Y un gran búho blanco apareció, subiendo y bajando
en la oscuridad. Y de todas estas cosas la pequeña Criatura Salvaje
se regocijó de manera élfica.
Y dejó Londres atrás, enrojeciendo
el cielo, y ya no pudo distinguir su desagradable estruendo, sino que
nuevamente pudo oír los ruidos de la noche.
Y ahora pasaría por una brillante aldea, cómoda
en la noche; y luego nuevamente hacia los oscuros y húmedos campos
abiertos; y adelantó a más de un búho mientras se
arrastraba por la noche, una pariente del pueblo de los Elfos. Algunas
veces cruzaba anchos ríos, saltando de estrella en estrella; y,
eligiendo su camino, evitando los caminos escabrosos y llegó antes
de la medianoche a las tierras Inglesas del Este.
Y allí escuchó el grito del Viento
Norte, dominante y furioso, mientras guiaba hacia el sur a sus aventureros
gansos; mientras los setos se inclinaban ante él, cantando débil
y quejumbrosamente, cual remeros escalvos de algún fabuloso trirreme,
doblándose y meciéndose bajo las ráfagas del látigo,
todo el tiempo entonando una lastimera canción.
Y sintió el agradable aire húmedo,
que por las noches cubre a las tierras Inglesas del Este, y nuevamente
llegó a algún peligroso y antiguo estanque donde el musgo
verdre crecía, y allí se sumergió más y más
abajo dentro del agua oscura, hasta que sintió nuevamente la familiar
emanación subiendo a través de los dedos de sus pies. Y
de este modo, desde el adorable hielo que es el corazón del rezumadero,
emergió renovada y regocijante para danzar sobre las imágenes
de las estrellas.
Yo tuve la suerte de encontrarme esa noche en el
extremo del pantano, ovidando de mi mente los asuntos de los hombres;
y observé los fuegos del pantano saltando desde todos los lugares
peligrosos. Y durante toda la noche llegaron por grupos hasta formar una
gran multitud para perderse danzando a través del pantano.
Y yo creo que toda esa noche reinó una gran
alegría entre los parientes del Pueblo de los Elfos.
FIN
Traducido por Pamela Silva
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