Historia De Mar Y Tierra (I, II)Lord DunsanyEn el primer Libro de las Maravillas está escrito cómo el capitán Shard, del terrible barco pirata Desperate Lark, se retiró de la vida activa después de saquear la ciudad costera de Bombasharna; y cómo, renunciando a la piratería en favor de los más jóvenes, con el beneplácito del Atlántico Norte y Sur, se instaló con una reina cautiva en su isla flotante. A veces hundía un barco en memoria de los viejos tiempos, mas había dejado de merodear por las rutas comerciales y los asustadizos comerciantes temían ahora a otros hombres. No fue la edad lo que le impulsó a abandonar su romántica profesión. Ni tampoco la indignidad de sus traiciones, ni ninguna herida de arma de fuego, ni la bebida. Fue la inexorable necesidad y la force majeure. Cinco navíos le perseguían. Cómo les dio el esquinazo un día en el Mediterráneo, cómo combatió contra los árabes, cómo fue oída una andanada de sus cañones por primera y última vez en un lugar a 23º de latitud norte y 4º de longitud este, junto a otras cosas desconocidas para los Almirantazgos, es lo que procederé ahora a contar. Se había divertido un poco, sí, él, Shard, capitán pirata, y todos sus compinches llevaban perlas en sus pendientes. Y ahora la flota inglesa iba tras él a todo trapo a lo largo de la costa de España con un favorable viento del norte a popa. No conseguían ganar terreno al aerodinámico navío de Shard, el terrible barco pirata Desperate Lark; sin embargo, estaban más cerca de lo que a él le habría gustado y se entrometían en sus asuntos. Le habían estado persiguiendo durante un día y una noche, cuando, a la altura del Cabo de San Vicente, hacia las seis de la mañana, Shard dio aquel paso que decidió su retiro de la vida activa: viró hacia el Mediterráneo. Si hubiera seguido hacia el Sur descendiendo por la costa africana, es dudoso que hubiese podido sacar provecho de la piratería, debido a la obstrucción de Inglaterra, Rusia, Francia, Dinamarca y España; mas, virando hacia el Mediterráneo, dio lo que podía llamarse el penúltimo paso de su vida, que para él significó establecerse. Desde su juventud Shard tuvo en mente tres grandes líneas de conducta, sobre las que meditaba de día y rumiaba de noche, consolándole de todos sus peligros; secretas incluso para sus hombres, eran tres medios con los que esperaba escapar de cualquier peligro que pudiera encontrar en el mar. Una de ellas era la isla flotante de la que se habla en el Libro de las Maravillas; otra era tan fantástica que podemos dudar de que incluso la brillante audacia de Shard la hubiera podido encontrar practicable, al menos él nunca la intentó por lo que se sabe en esa taberna junto al mar en la que me he informado; y la tercera decidió llevarla a cabo cuando viró aquella mañana para el Mediterráneo. En realidad, a pesar del paso que había dado, podría haber practicado la piratería un poco más tarde cuando los mares recuperaran la calma, mas ese penúltimo paso fue como esa pequeña casa de campo a la que todo hombre de negocio le ha echado el ojo; como cualquier cómoda inversión reservada para la vejez, hay determinadas trayectorias decisivas en las vidas de los hombres que después de tomadas impiden a éstos volver a sus asuntos. Ante el asombro de sus hombres viró, pues, para el Mediterráneo con la flota inglesa pisándole los talones. —¡Qué locura es ésta —murmuró Bill, el contramaestre, al único oído del viejo Frank—, con toda la flota francesa esperándonos en Lyon y los españoles a lo largo de todo el trayecto entre Cerdeña y Túnez! (pues ellos conocían las rutas de los españoles). Mandaron una delegación a hablar con el capitán Shard, todos ellos serios y vestidos con sus trajes más costosos. Le dijeron que el Mediterráneo era una ratonera, y lo único que él les respondió fue que el viento del norte les sostendría. Y la tripulación le contestó que estaban rendidos. De manera que penetraron en el Mediterráneo y la flota inglesa cerró el Estrecho de Gibraltar. Y Shard continuó dando bordadas por la costa marroquí con una docena de fragatas tras él. Y el viento del norte se hizo más intenso. Y el Capitán no habló a su tripulación hasta que anocheció, momento en que les reunió a todos a excepción del timonel y les pidió cortésmente que bajaran a la bodega. Allí les mostró seis inmensos ejes de acero y una docena de enormes ruedas de hierro, que ninguno de ellos había visto antes; y contó a su tripulación que, sin que nadie lo supiera, su nave había sido especialmente adaptada a esos ejes y ruedas, y que tenía la intención de navegar en seguida de nuevo hacia el vasto Atlántico, aunque no a través del estrecho. Y cuando oyeron el nombre del Atlántico todos sus compinches se alegraron, pues lo consideraban un mar muy seguro. Y cayó la noche y el capitán Shard mandó llamar a su buzo. Con el mar embravecido al buzo le era difícil trabajar, mas a media noche las cosas salieron a entera satisfacción de Shard; y el buzo dijo que de todos los trabajos que había desempeñado... Mas, al no encontrar adecuada comparación y estar necesitado de un trago, se calló y pronto se durmió, y sus camaradas lo llevaron a su hamaca. La persecución continuó durante todo el día siguiente con el inglés bien a la vista, ya que Shard había perdido tiempo por la noche con sus ruedas y ejes, y el peligro de encontrarse con los españoles aumentaba cada hora. Cuando anocheció cada minuto parecía cargado de peligro; sin embargo siguieron dando bordadas hacia el este, donde sabían que debían de estar los españoles. Y finalmente divisaron sus gavias, y no obstante Shard siguió adelante. Se estaba aproximando, mas la noche avanzaba y la Union Jack[1] que izaron ayudó a Shard con los españoles durante los últimos, ansiosos minutos, aunque esto pareció enojar al inglés. Mas, como dijo Shard, “no se puede contentar a todo el mundo” , y a continuación la oscuridad se tragó el crepúsculo. —A estribor —dijo el capitán Shard. El viento del norte, que había arreciado a lo largo del día, soplaba ahora como un vendaval. Ignoro a qué parte del litoral se dirigía Shard, mas él sí lo sabía, pues las costas del mundo eran para él lo que Margate[2] para alguno de nosotros. En un lugar donde, impregnado de misterio y de muerte, y hasta del propio corazón de África, el desierto emerge por encima del mar, no menos grandioso, ni menos terrible, divisaron tierra muy próxima, casi en tinieblas. Shard mandó a todos los hombres a la parte trasera del barco y también el lastre. Y pronto el Desperate Lark, elevando un poco su proa por encima del agua, hizo dieciocho nudos a favor del viento, encalló en una playa arenosa y a continuación se enderezó, y lentamente se dirigió hacia el interior de África. Los piratas habrían dado tres hurras, mas tras el primero Shard los silenció y, cogiendo él mismo el timón, les soltó un pequeño discurso, mientras las sólidas ruedas aporreaban lentamente la arena africana, haciendo apenas cinco nudos en medio del vendaval. “Los peligros de la mar”, dijo, “se han exagerado mucho. Durante cientos de años, los barcos han estado navegando por la mar, y en la mar uno sabe lo que hay que hacer; mas en tierra es diferente”. Ahora estaban en tierra y no iban a olvidarlo. En la mar se puede hacer todo el ruido que se quiera sin sufrir ningún perjuicio, mas en tierra puede suceder cualquier cosa. Uno de los peligros de tierra firme que citó como ejemplo fue la horca. “De cada cien hombres que son ahorcados en tierra”, dijo, “en la mar no serían colgados más de veinte”. Los hombres se fueron a dormir junto a los cañones. Esa noche no irían lejos, pues el riesgo de naufragar de noche era un peligro característico de tierra firme, mientras que en el mar se puede navegar desde la puesta del sol hasta el amanecer. No obstante era esencial no dejarse ver desde el mar, pues, si alguien se enteraba de dónde se encontraban, tendrían a la caballería tras ellos. Y por eso había enviado de nuevo a Smerdrak (un joven lugarteniente pirata) a fin de que borrara las huellas que habían dejado en el lugar por donde habían salido del mar. Y los compinches asintieron enérgicamente con la cabeza aunque no se atrevieron a vitorear, y al poco subió corriendo Smerdrak y le arrojaron un cabo por la popa. Después de hacer unos quince nudos echaron el ancla, y el capitán Shard reunió a sus hombres en torno suyo y, permaneciendo junto a la rueda de proa, bajo las nítidas y grandes estrellas de Argelia, les explicó su sistema de conducción. No había mucho que explicar; con considerable ingenuidad había separado y montado sobre un pivote la porción de quilla que sostenía el eje delantero, y podía moverla mediante cadenas controladas desde el timón de tierra, de manera que el par delantero de ruedas podía girar a voluntad aunque sólo un poco; y más tarde comprobaron que en cien yardas únicamente podían desviar el barco de su rumbo unas cuatro yardas. Mas los capitanes de cómodos acorazados, o incluso los propietarios de yates, no deben criticar demasiado severamente a un hombre que no era de esta época y que no conocía los inventos modernos; también debería recordarse que Shard no se encontraba ya en alta mar. Es posible que su forma de gobernar fuera torpe, mas hizo lo que pudo. Cuando quedó claro para sus hombres el uso y las limitaciones de su timón de tierra, Shard les ordenó acostarse a todos a excepción de los vigías. Mucho antes del amanecer les despertó y con el primer rayo de luz se pusieron en marcha, de manera que aquellas dos flotas, que estaban tan seguras de tener rodeado a Shard en una amplia media luna frente a la costa argelina, no vieron ni rastro del Desperate Lark, ni en el mar ni en tierra firme; y las banderas del buque insignia prorrumpieron en enérgicos juramentos en inglés. El temporal siguió soplando tres días más y, mediante el empleo de más trapo durante el día, corrieron por encima de la arena a casi diez nudos, aunque en el informe sobre las aguas agitadas que iban encontrando (así llamaba el vigía, antes de adaptarse a su nuevo medio, a las peñas, los pequeños cerros o el terreno accidentado), la velocidad fue muy disminuida. Como era verano los días eran muy largos y Shard, deseoso de dejar atrás el rumor de su propia aparición mientras el viento se mantuviera favorable, navegó durante diecinueve horas al día, acostándose a las diez de la noche y volviendo a izar velas a las tres de la madrugada, cuando empezaba a despuntar el alba. En aquellos tres días recorrió quinientas millas. Luego, el viento amainó hasta convertirse en una brisa, aunque sin dejar de soplar del norte, y en la semana siguiente no hicieron más de dos nudos por hora. Entonces los compinches empezaron a murmurar. Al principio la suerte había favorecido a Shard claramente, pues la caballería había salido a dar una batida local y el navío, lanzado a diez nudos, atravesó las únicas regiones pobladas, pasando por delante de multitudes que habían decidido no huir. En cuanto a los fugitivos, pronto desaparecieron por las alturas cercanas a la costa en cuanto Shard les apuntó con su cañón, aunque no se atrevió a disparar. Por mucho que se burlara de la inteligencia del Almirantazgo inglés y del español, que no habían sospechado de su maniobra, única posible, según él, en aquellas circunstancias, sabía sin embargo que el estruendo del cañón descubriría su secreto. Por supuesto, la suerte le había ayudado, y cuando dejó de hacerlo tuvo que desplegar oportunamente todas sus posibilidades. Por ejemplo, mientras el viento se mantuvo favorable nunca perdió ocasión de reabastecerse; si atravesaban una aldea, se apoderaba de sus cerdos y de sus aves de corral; y cada vez que pasaba cerca de donde había agua llenaba sus depósitos hasta el borde. Y cuando sólo podía hacer dos nudos, navegaba toda la noche precedido por un hombre provisto de farol; de esa manera hizo en aquella semana cerca de cuatrocientas millas cuando cualquier otro habría fondeado de noche, perdiendo cinco o seis de las veinticuatro horas diarias. No obstante sus hombres murmuraban. “¿Es que acaso se cree que el viento durará eternamente?”, decían. Y Shard únicamente fumaba. Estaba claro que pensaba, pensaba mucho. —Mas ¿en qué está pensando? —le dijo Bill a Jack el Malo. Y éste le contestó: —Puede pensar todo lo que le venga en gana, mas eso no nos sacará del Sahara si el viento amaina. Y a finales de aquella semana, Shard se dirigió a su compartimento de cartas náuticas y trazó un nuevo rumbo un poco hacia el este, hacia terrenos cultivados. Y un día, hacia el atardecer, divisaron una aldea, y en esto llegó el ocaso y el viento amainó completamente. Entonces aumentaron los murmullos de los compinches hasta convertirse en juramentos, bordeando casi el motín. “¿Adónde iban ahora?”, se preguntaban. “¿Estaban siendo tratados equitativamente?” Shard los tranquilizó preguntándoles qué deseaban hacer, y cuando a ninguno se le ocurrió nada mejor que acudir a los aldeanos y decirles que una tormenta había desviado su rumbo, Shard les reveló su plan. Había oído hacía mucho tiempo que en África es corriente que los bueyes tiren de las carretas; los bueyes eran muy numerosos en aquellos lugares donde no existía ningún tipo de cultivo. Por esa razón, cuando el viento empezó a amainar, había puesto rumbo en dirección a la aldea: aquella noche cuando oscureciera iban a llevarse cincuenta yuntas de bueyes; a media noche ya debían de estar uncidos y entonces inmediatamente galoparían. Un plan tan estupendo como ése asombró a sus hombres, los cuales se disculparon por su falta de fe en Shard, estrechándole la mano de uno en uno y escupiendo en ellas en señal de buena voluntad. La incursión de aquella noche tuvo un gran éxito; mas, por ingenioso que Shard se mostrara en tierra firme, y maestro en alta mar, debe admitirse que la falta de experiencia en este tipo de navegación le llevó a cometer un error, insignificante es cierto y completamente evitable con un poco de práctica: los bueyes no podían galopar. Shard los maldijo, los amenazó con su pistola, diciéndoles que no les daría de comer, mas todo fue inútil: aquella noche, empujado por ellos, el Desperate Lark no hizo más de un nudo a la hora. Shard utilizó sus fracasos, como todo lo que le acontecía, como materiales con que edificar su futuro éxito: se fue inmediatamente a su compartimento de cartas náuticas y revisó otra vez todos sus cálculos. La cuestión de la lenta marcha de los bueyes imposibilitaba que pudieran eludir la persecución. Por tanto, Shard anuló su orden al lugarteniente de cubrir las huellas dejadas en la arena, y el Desperate Lark prosiguió con dificultad su curso a través del Sahara confiando en sus cañones. La aldea no era grande, y la escasa multitud que fue avistada a popa, desapareció a la mañana siguiente tras el primer disparo del cañón correspondiente. Al principio Shard hizo que los bueyes llevaran toscos y resistentes bocados de hierro, otro de sus errores. “Pues, si se desbocan”, había dicho, “podríamos también ser arrastrados delante de la tempestad, y es imposible decir dónde nos encontraríamos”. Mas, pasado uno o dos días, comprobó que los bocados no eran útiles y, como hombre práctico que era, corrigió inmediatamente su error. Y ahora la tripulación, sacando sus mandolinas y cornetas, cantó todo el día alegres canciones y vitoreó al capitán Shard. Todos estaban alegres excepto el Capitán, cuyo rostro parecía malhumorado y perplejo; únicamente esperaba tener más noticias de aquellos aldeanos. Cada día los bueyes se bebían toda el agua disponible, y él sólo temía que no pudieran conseguir más, desagradable temor sobre todo si el barco se detenía en pleno desierto por falta de viento. Durante una semana continuaron igual, haciendo diez nudos diarios, y la música y el canto crispaban los nervios del Capitán, mas él no se atrevía a contar a sus hombres cuál era el problema. Y entonces un día los bueyes apuraron las últimas existencias de agua. Y se presentó el lugarteniente Smerdrak a informar del hecho. —Dadles ron —dijo Shard, mientras maldecía a los bueyes—. Lo que es bueno para mí —siguió diciendo— debería ser bueno para ellos —y juró que beberían ron. —Sí, sí, señor —dijo el joven lugarteniente pirata. No debería juzgarse a Shard por las órdenes de aquel día. Durante casi quince días había estado esperando el funesto destino que se le avecinaba lentamente; la disciplina le había llevado a aislarse de cualquier otro que pudiera compartir su miedo y discutirlo; y todo el tiempo había tenido que pilotar el barco, lo cual incluso en la mar es una ardua responsabilidad. Esas cosas habían alterado el sosiego de aquel claro juicio que en una ocasión había desconcertado a cinco armadas. Por consiguiente maldijo a los bueyes y les ordenó beber ron, y Smerdrak dijo: “Sí, sí, señor”, y se fue abajo. Hacia el ocaso, Shard estaba de pie en la toldilla, pensando en la muerte; no se moriría de sed; antes habría un motín, pensó. Los bueyes rechazaron el ron por última vez y los hombres empezaron a mirar con inquietud al capitán Shard, sin murmurar mas observándole de reojo como si únicamente tuvieran un pensamiento que no necesitara palabras. Una veintena de gansos formando una gran V cruzaron el cielo nocturno, inclinaron sus pescuezos y los torcieron hacia abajo en dirección a algún lugar del horizonte. El capitán Shard se precipitó hacia el compartimento de cartas náuticas y pronto llegaron los hombres a la puerta con el viejo Frank al frente, visiblemente molesto y retorciendo la gorra entre sus manos. —¿Qué ocurre? —dijo Shard, como si no pasara nada. Entonces el viejo Frank dijo lo que había ido a decir: —Queremos saber lo que va usted a hacer. Y los hombres asintieron solemnemente con la cabeza. —Conseguir agua para los bueyes —respondió el capitán Shard—, ya que los muy puercos no quieren ron. Los muy perezosos tendrán que trabajar para eso. ¡Levad el ancla! y al oír la palabra “agua”, una mirada afloró a sus rostros como cuando algún vagabundo piensa de repente en su hogar. —¡Agua! —dijeron. —¿Por qué no? —contestó el capitán Shard. Y ninguno de ellos llegó a enterarse de que, a no ser por los gansos, que inclinaron sus pescuezos y los torcieron hacia abajo, no hubieran encontrado agua esa noche ni ninguna otra, y que el Sahara los habría atrapado como ha atrapado a tantos otros y atrapará a muchos más. Aquella noche siguieron un nuevo rumbo: al alba encontraron un oasis y los bueyes bebieron. Y decidieron quedarse en aquel acre de verdor con palmeras y manantial, rodeado por miles de millas de desierto y resistente al paso del tiempo; pues los que se han quedado sin agua durante algún tiempo en algún desierto africano llegan a sentir por ese fluido natural una estima que el lector difícilmente puede dar crédito. Cada hombre eligió un lugar donde edificaría su cabaña y se instalaría, y tal vez se casaría, e incluso olvidaría la mar. Cuando terminaron de llenar sus depósitos y barriles, el capitán Shard les ordenó perentoriamente levar anclas. Hubo mucho descontento, incluso algunas quejas; mas, cuando un hombre ha librado por dos veces de la muerte a sus camaradas con sólo la viveza de su mente, éstos llegan a sentir respeto por su buen juicio, que no vacila ante las insignificancias. Debe recordarse que en el asunto del amaine del viento, y nuevamente cuando se agotó el agua, estos hombres no supieron qué hacer, eso mismo le ocurrió a Shard en aquella última circunstancia, mas ellos lo ignoraban. Shard sabía todo eso y eligió ese momento para consolidar su reputación entre los componentes de aquel navío mediante la explicación de sus motivos, que normalmente guardaba en secreto. “El oasis”, dijo, “debe de ser un puerto de arribada para todos los viajeros en centenares de millas a la redonda: ¡hay que ver la de hombres que se juntan en cualquier parte del mundo donde existe una gota de whisky en los países decentes, incluso, tal es la peculiaridad de los árabes, más preciosa”. Otra cosa les indicó: los árabes eran gente singularmente indiscreta y si tropezaran con un barco en medio del desierto probablemente hablarían de ello; y como en todas partes existen lenguas maliciosas, nunca interpretarían correctamente sus discrepancias con las flotas inglesa y española, sino que simplemente tomarían partido por el más fuerte en contra del más débil. Y los hombres suspiraron, y cantaron la canción del cabrestante, y levaron anclas y uncieron los bueyes, y siguieron haciendo su nudo invariable, que nada podía hacer aumentar. Puede parecer extraño que, con todas las velas recogidas por la calma chicha y los bueyes parados, echaran el ancla. Mas la costumbre no se olvida fácilmente y su uso persiste durante bastante tiempo. Cabe preguntarse más bien cuántas de esas costumbres inútiles conservamos nosotros mismos: por ejemplo, los apéndices de la parte posterior de las botas camperas, aunque ya no se tira de ellos, o los lazos de nuestros zapatos de etiqueta, que ni se atan ni se desatan. Los hombres dijeron que así se sentían más seguros y sanseacabó. Shard trazó un rumbo sur cuarta al sudoeste y ese día hicieron diez nudos, mas el siguiente hicieron solamente siete u ocho y Shard tuvo que ponerse al pairo, intentando detenerse. Llevaban a bordo muchas provisiones de forraje para los bueyes, y para los hombres un cerdo o poco más o menos, una cantidad suficiente de aves de corral, varios sacos de galletas y noventa y ocho bueyes (pues ya se habían comido dos de ellos); y se encontraban a tan sólo veinte millas del agua. Se quedarían allí, dijo el capitán, hasta que la gente se olvidara de sus pasados; alguien inventaría algo, o alguna cosa ocurriría para que la gente se olvidara de ellos y de los barcos que habían hundido. Olvidaba que hay hombres a los que les pagan muy bien por recordar. A mitad de camino del oasis estableció un pequeño depósito donde enterró sus barriles de agua. Tan pronto como se vaciaba un barril, ordenaba que una docena de hombres lo hiciera rodar por turnos hasta el depósito. Esto lo hacían de noche, manteniéndose ocultos durante el día, y la noche siguiente se ponían en camino en dirección al oasis, llenaban el barril y lo volvían a traer rodando. Así pronto tuvo, a sólo diez millas de distancia, una reserva de agua, desconocida para los más sedientos nativos de África, con la cual podría fácilmente rellenar sus depósitos a voluntad. Permitió que sus hombres cantaran e incluso que encendieran fuego sin motivo. Fueron noches muy alegres, mientras duró el ron; a veces divisaban gacelas que les observaban con curiosidad; otras veces, pasaba cerca algún león y su rugido aumentaba la sensación de seguridad que tenían en el interior de su barco; a su alrededor, uniforme, inmenso, yacía el Sahara. “Es mejor que una prisión inglesa”, decía el capitán Shard. Y la calma chicha permanecía todavía; ni siquiera susurraba la arena por las noches, acariciada por el viento. Cuando se agotó el ron y su falta empezó a ser problemática, Shard les recordó lo poco que lo habían consumido cuando era lo único que tenían y los bueyes no querían ni mirarlo. Y pasaron lentamente los días cantando, incluso a veces bailando, y las noches alrededor de un prudente fuego en una depresión de la arena, con sólo un vigía, contándose historias de la mar. Era un alivio tras arduas guardias alternadas con cabezadas junto a los cañones, un reposo para sus tensos nervios y sus fatigados ojos; y todos estuvieron de acuerdo en que, a pesar de lo mucho que echaban de menos el ron, el mejor lugar para un barco como el suyo era tierra firme. |