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VIII. Los Fragmentos [Hoja de un manuscrito, cubierta con anotaciones hechas a lápiz, encontrada entre los papeles del conocido médico, doctor Robert Matheson, de Ashley Street, Picadilly, quien murió repentinamente de un ataque de apoplejía, a comienzos de 1892. Las notas se enontraban en latín, muy abreviadas y, evidentemente escritas con gran prisa. El manuscrito fue descifrado con gran dificultad y algunas palabras han evadido, hasta ahora, todos los esfuerzos de los expertos contratados. La fecha, XXV de julio de 1888, está escrita en el costado superior derecho del manuscrito. Lo siguiente es la traducción del manuscrito del doctor Matheson] No sé si acaso la ciencia se vería beneficiada por la publicación de estas notas, en caso de que pudieran ser publicadas, mas lo dudo. Pero ciertamente, nunca tomaría la responsabilidad de publicar o divulgar ninguna palabra de lo que aquí escribo, no sólo en consideración del juramento que presté libremente a aquellas dos personas que estuvieron presentes, sino además porque los detalles son demasiado abominables. Probablemente, luego de una consideración madura y luego de sopesar el bien y el mal, destruiré este texto, o por lo menos se lo entregaré sellado a mi amigo D, confiando en su discresión, para usarlo o quemarlo, como él estime apropiado. Como era apropiado, hice todo lo que mis conocimientos me sugería para estar seguro de que no me encontraba delirando. Pasmado en el comienzo difícilmente podía pensar, pero en poco tiempo estuve seguro que mi pulso era estable y regular, y que yo me encontraba en mis cabales. Después de eso fijé tranquilamente mis ojos en lo que estaba frente a mí. A pesar que dentro de mí surgieron el horror y la náusea, y un hedor de podredumbre sofocó mi respiración, me mantuve firme. Fui entonces privilegiado o maldito, no me atrevo a decir cuál de las dos, de ver aquello que se encontraba sobre la cama, yaciendo negro como la tinta, transformándose frente a mis ojos. La piel, la carne, los músculos, los huesos y la firme estructura del cuerpo humano que yo había creído invariable y permanente como el diamante, comenzó a derretirse y disolverse. Sé que el cuerpo puede ser dividido en sus elementos por agentes externos, pero me hubiera negado a creer lo que vi. Porque allí había alguna fuerza interna, de la cual nada sé, que causaba la disolucuión y el cambio. Aquí también se econtraba todo el trabajoa través del cual fue creado el hombre, recreado frente a mis ojos Vi aquella forma oscilando de sexo a sexo, dividiéndose a sí mismo de sí mismo, y luego nuevamente reunido. Luego vi el cuerpo descender hacia las bestias desde donde ascendió, y aquello que estaba en las alturas bajar a las profundidades, incluso hasta el abismo de todo ser. El principio de la vida, que crea al organismo, se mantuvo siempre mientras la forma exterior cambiaba. La luz del cuarto se había transformado en oscuridad, no la oscuridad de la noche donde los objetos se perciben difusamente, pues yo podía ver claramente y sin dificultad. Sin embargo, era la negación de la luz; los objetos se presentaban a mi visión, si puedo decirlo de esta manera, sin ninguna mediación, de tal manera que si hubiera habido un prisma en la habitación no hubiera visto ningún color representado sobre él. Miré y al final no vi nada más que una sustancia gelatinosa. Luego ascendió nuevamente el escalafón... [aqui el manuscrito se hace ilegible] ... por un momento vi un Forma, perfilada frente a mí en la oscuridad , la cual no describiré en detalle. Sin embargo, el símbolo de esta forma puede ser vista en antiguas esculturas y en las pinturas que sobrevivieron a la lava, demasiado obsenas para ser nombradas... como una horrible e indescriptible figura, ni hombre ni bestia, fue cambiando hasta tomar forma humana, cuando finalmente llegó la muerte. Yo, que presencié todas estas cosas, no sin el gran horror y aversión de mi alma, escribo aquí mi nombre, declarando que todo lo que puse en este papel es verdad. ROBERT METHESON, Med. Dr. *** ...Raymond, este es el relato de lo que se y he visto. La carga era demasiado pesada para llevarla yo solo y, sin embargo, no podía contárselo a nadie más que a tí. Villiers, quien se encontraba conmigo en el final no sabe nada de aquel terrible secreto del bosque, de cómo aquello que ambos vimos perecer sobre la verde y suve hierba, entre las flores del varano, mitad en la luz mitad en penumbra, sosteniendo la mano de la joven Rachel, llamó y convocó a aquellos compañeros que adoptaron la forma de sólidas figuras sobre la tierra que pisamos, convocó al terror que nosotros sólo podemos insinuar, aquel que sólo podemos nombrar bajo una figura. No le contaré a Villiers de esto, ni tampoco acerca de aquel parecido que me impactó como un golpe en el corazón al ver el retrato, que colmó en el final la copa del terror. No me atrevo a adivina qué puede siginificar esto. Estoy seguro de que lo que vi perecer no era Mary, sin embargo, en la última agonía fueron los ojos de Mary los que me miraron. No sé si existe alguien que pueda mostrarme el último eslabón de la cadena de este horrible misterio, pero si hay alguien que puede hacerlo, ese eres tú, Raymond. Y si conoces el secreto, depende de tí si lo revelas o no, como prefieras. Te escribo esta carta inmediatamente al regresar a la ciudad. He estado en el campo durante los últimos día; posiblemente seas capaz de adivinar dónde. Mientras en Londres el terror y asombro estaban en su punto máximo -pues la señora Beaumont, como te había contado, era conocida en sociedad-, le escribí a mi amigo el doctor Phillips, dándole un breve resumen, más bien una insinuación, de lo que había sucedido, y pidiéndole que me revelara el nombre de la aldea donde sucedieron los eventos que me había relatado. Me dio el nombre, pues como dijo sin el menor titubeo, los padres de Rachel habían fallecido, y el resto de la familia se habían marchado donde un pariente en el estado de Washington, seis meses atrás. Me dijo que los padres habían muerto, indudablemente, debido al dolor y el espanto causados por la terrible muerte de la hija, y por aquello que había acontecido antes de esa muerte. La misma tarde del día que recibí la carta de Phillips, ya me encontraba en Caermaen Y bajo las desmoronadas murallas romanas, blancas por los inviernos de diecisiete siglos, miré hacia la pradera donde alguna vez se irguió el templo al "Dios de los Abismos", y ví una casa brillando en la luz del sol. Era la casa donde Helen había vivido. Me quedé en Caermaen por varios días. La gente del lugar, descubrí, poco sabían y aún menos habían adivinado. Aquellos con los que hablé sobre la materia parecían asombrarse de que un anticuario (asi fue como me presenté) se preocupara por la tragedia del pueblo, sobre la cual me dieron una versión muy trivial y, como puedes imaginarte, no les revelé nada de lo que yo sabía. Pasé la mayoría del tiempo en el gran bosque que se eleva justo sobre la aldea, escalando la ladera, y se descuelga hacia el río en el valle; otro hermoso y extenso valle, Raymond, como aquel que observamos una noche, yendo de un lado a otro frente a tu casa. Por varias horas me extraviaba en el laberíntico bosque, ahora virando hacia la derecha y ahora hacia la izquiera, caminando lentamente a lo largo de pasadizos de maleza, sombríos y helados, incluso bajo el sol del mediodía y deteniéndome bajo los inmensos robles. Yaciendo en la hierba rala de algún claro donde el suave y dulce aroma de las rosas silvestres me era traído por el viento, mezclado con el fuerte perfume del saúco, cuyos aromas mezclados se parecen al hedor que hay en la habitación de un muerto, un vaho de incienso y podredumbre. Estuve en los confines del bosque, observando toda la pompa y desfile de las dedaleras, elevándose entre los helechos y brillando rojizas en el pronunciado atardecer, y más allá de ellas, hacía la espesura de la maleza abigarrada, donde los manantiales bullen desde la roca, regando los juncos, húmedos y nocivos. Sin embargo, durante todos mis vagabundeos, evité una parte del bosque; no fue sino hasta ayer que ascendí hasta la cima de la colina, y me paré sobre la antigua calzada romana que se abre paso a través de la cresta más alta del bosque. Por aquí habían caminado ellas, Helen y Rachel, a lo largo de esta tranquila calzada, sobre el pavimento de hierba verde, encerrada a ambos lados por bancos de tierra roja y protegida por los elevados setos de hayas. Y por aquí seguí sus pasos, una y otra vez mirando a través de los espacios entre las ramas, viendo a un lado el alcane del bosque, extendiéndose lejos hacia la derecha y hacia la izquierda, y sumergiéndose en el valle. Y, más allá, el oceáno amarillo, y la tierra allende del mar. Al otro lado se encontraba el valle y el río, y colina tras colina como onda tras onda, y el bosque, y la pradera, y los maizales, las brillantes casa blancas, la gran pared montañosa, y los lejanos picos azules en el norte. Hasta que finalmente llegué al lugar. La huella ascendía por una suave pendiene y se ensanchaba hacia el espacio abierto, rodeada por una espesa muralla de maleza, y se estrechaba nuevamente, para perderse en la distancia y en la tenue y azulosa niebla de verano.Y en este agradable claro estival Rachel le entregó y le dejó algo a una joven, quién sabe qué. No me quedé allí por mucho tiempo. En un pequeño pueblo cercano a Caermaen hay un museo, que contiene la mayor parte de los vestigios romanos que se han encontrado durante todas las épocas en los alrededores. El día siguiente a mi llegada a Caermaen me dirigí al pueblo en cuestión, y aproveché la oportunidad de inspecconar el museo. Luego de haber visto la mayor parte de las esculturas en piedra, los baules, anillos, monedas y fragmentos de pavimento teselado que contiene el lugar, fui llevado ante un pequeño pilar rectangular de piedra blanca, el cual había sido recientemente decubierto en el bosque sobre el cual he estado hablando y, como me enteré indagando, en aquel espacio abierto donde la calzada romana se ensancha. A un lado del pilar había una inscripción, de la cual tomé nota. Alguna de las letran han sido borradas, sin embargo pienso que no cabe duda sobre las otras que puedo proveer. La inscripción es la siguiente: DEVOMNODENTi FLAvIVSSENILISPOSSvit PROPTERNVPtias quaSVIDITSVBVMra "Al gran dios Nodens (el Gran Dios de las Profundidades o de los Abismos), Flavius Senilis ha erguido este pilar en consideración del matrimonio que presenció bajo esta sombra" El guardia del museo me informó que los anticuarios locales se encontraban muy intrigados, no por la isncripción, o por alguna dificultad en traducirla, sino por la circunstancia o rito al que se alude. *** ... Y ahora, mi querido Clarke, acerca de lo que me cuentas sobre Helen Vaughan, a quien me dices que viste morir bajo ciscunstancias de lo más y del más increíble horror. Me sentí interesado por tu relato, sin embargo, de lo que me contaste yo ya sabía, si no todo, una buena parte. Comprendo el extraño parecido que notaste entre el retrato y el rostro mismo; tú viste a la madre de Helen. Recuerdas aquella tranquila noche de verano, hace muchos años atras, cuando te hablé del mundo más allá de las sombras y del dios Pan. Recuerdas a Mary. Ella era la madre de Helen Vaughan, quien nació nueve meses depués de aquella noche. Mary jamás recobró la razón. Todo el tiempo yació en cama, como tú la viste, y pocos días después del parto murió. Tengo la idea de que justo al final me reconoció; me encontraba junto a su cama cuando la antigua mirada asomó en sus ojos por un segundo, y luego se estremeció y gimió, y estaba muerta. Hice un funesto trabajo aquella noche en que estuviste presente; forcé la entrada a la casa de la vida, sin saber o sin importarme lo que sucedería al entrar allí. Te recuerdo en ese momento diciéndome, solemne y correctamente también, que, en cierto sentido, había arruinado la razón de un ser humano a causa de un ridículo experimento basado en una teoría absurda. Hiciste bien en culparme, sin embargo, mi teoría no era del todo absurda. Lo que dije que Mary vería, lo vio, pero olvidé que ningún ojo humano puede presenciar tal visión sin impunidad. Y, como recién mencioné, olvidé que cuando la casa de la vida es echada abajo de esa manera, puede entrar aquello para lo cual no poseemos un nombre, y la carne puede convertirse en un velo de horror que uno no se atrevería a expresar. Jugué con energías que no comprendía, tu viste el resultado de ello. Helen Vaughan hizo bien al atarse la cuerda al rededor de su cuello y morir, a pesar de que la muerte fue horrible. La cara amoratada, la obsena forma sobre la cama, cambiando y disolviéndose frente a tus ojos, de mujer a hombre, de hombre a bestia, de bestia a algo peor que las bestias, todos estos extraños horrores que presenciaste, no me sorprenden en lo absoluto. Aquello frente a lo que el doctor que mandaron a buscar vio y frente a lo que se estremeció, yo ya lo había conocido hace tiempo; supe lo que había hecho desde que la niña nació, y cuando escasamente tenía cino años la sorprendí, no una vez ni dos, sino muchas veces, con un compañero de juegos.....tú puedes adivinar de qué tipo. Para mí era una constante, un horror encarnado, y luego de unos pocos años sentí que no podía soportarlo más, por lo que mandé a Helen lejos. Ahora sabes qué asustó al niño en el bosque. El resto de esta espantosa historia, y todo lo demás que me has contado que tu amigó descubrió, me las he ingeniado para conocerlo, de tiempo en tiempo, hasta casi el último capítulo. Y Helen ahora está con sus compañeros... |